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LO QUE EL DOLOR NOS DIJO DESPUÉS DE SUBIR CUESTAS

  • hace 27 minutos
  • 5 Min. de lectura

Cuando tienes una enfermedad crónica, el instinto natural ante el dolor es detenerse. No moverse. Protegerse. Y sin embargo, una de las cosas que más evidencia científica acumula como herramienta terapéutica es precisamente lo contrario: moverse. Pero no moverse de cualquier manera ni en cualquier contexto.

En la sesión exterior que realizamos esta semana en el Parque de los Mártires de Huesca, quisimos comprobar con datos lo que observamos semana tras semana en el programa. El ejercicio propuesto no fue simplemente caminar: consistió en subir y bajar cuestas de tierra a ritmo individualizado, una actividad que implica mayor activación cardiovascular, mayor demanda muscular y mayor estímulo propioceptivo que la caminata en llano. Y los resultados en personas con Parkinson, artritis reumatoide, espondilitis anquilosante, artrosis, osteoartritis, polineuropatía y lupus muestran que este tipo de ejercicio, adecuadamente dosificado y supervisado, no solo no empeora el dolor, sino que lo reduce. Esto no significa que sea extrapolable a todas las patologías ni a cualquier contexto: los datos que presentamos corresponden a estos perfiles concretos



Con la colaboración de Laura, una de nuestras estudiantes de Psicología, durante la sesión, pedimos a los participantes que puntuaran su percepción subjetiva de dolor en una escala de 0 a 10 en tres momentos: antes de empezar, durante las subidas de cuesta y al terminar la sesión. También registramos la fatiga percibida al final. Los resultados hablan por sí solos.


Resultados

De las 8 personas que participaron —con diagnósticos tan diversos como Parkinson, artritis reumatoide, espondilitis anquilosante, osteoartritis, artrosis, polineuropatía y lupus—, 6 terminaron con menos dolor del que empezaron y las otras 2 se mantuvieron igual. Ninguna empeoró. El dolor medio del grupo bajó de 5.2 al inicio a 2.1 al finalizar, una reducción de más de 3 puntos.

Pero el dato más llamativo es este: de las 6 personas que empezaron la sesión con dolor clínicamente relevante (≥5 en la escala), 5 terminaron por debajo de ese umbral. Es decir, llegaron con dolor y se fueron sin él. Subiendo cuestas.



¿Por qué ocurre esto?

Lo que hemos medido en esta sesión tiene un nombre científico: hipoalgesia inducida por ejercicio. Cuando realizamos actividad física aeróbica suave y sostenida, nuestro cuerpo activa mecanismos naturales de modulación del dolor: libera endorfinas, activa vías inhibitorias descendentes del dolor y reduce la sensibilización de los receptores periféricos. Es, literalmente, la "farmacia interna" del cuerpo poniéndose en marcha.

En 5 de los 8 participantes, el dolor ya estaba bajando durante la propia actividad, antes de terminar. Esto significa que no hace falta esperar al día siguiente para notar el efecto: el cuerpo empieza a responder desde el primer momento en que se mueve de forma adecuada.

Esto es importante para entenderlo: no se trata de aguantar el dolor, ni de forzar, ni de ignorar lo que el cuerpo nos dice. Se trata de moverse lo suficiente, al ritmo adecuado, para que el cuerpo active sus propios recursos de protección. Y eso funciona con un ritmo suave, no necesita más.


La exposición gradual: moverse con el dolor, no contra el dolor

Uno de los conceptos más importantes que trabajamos en ARPER es la exposición gradual al movimiento en presencia del dolor. La mayoría de los participantes que subieron la cuesta del parque lo hicieron sintiendo dolor. No esperaron a que desapareciera para empezar a moverse. Y eso es precisamente lo terapéutico.

Cuando una persona con dolor crónico evita el movimiento —porque le duele, porque tiene miedo a empeorar, porque cree que su cuerpo no puede— entra en un círculo de inactividad, pérdida de fuerza, mayor rigidez y, finalmente, más dolor. La exposición gradual rompe ese círculo: el cuerpo aprende que moverse no es peligroso, que puede hacerlo, y que de hecho se siente mejor después.

Los datos de esta sesión son la prueba: personas con Parkinson, artrosis, espondilitis anquilosante, artritis reumatoide, osteoartritis y polineuropatía empezaron con dolor y terminaron mejor. No porque ignoraran su dolor, sino porque confiaron en un plan, en un ritmo adecuado y en el acompañamiento del equipo y del grupo.

Mención especial merece una de las participantes con artritis reumatoide, que acudió a la sesión en un día de alta actividad inflamatoria. El ejercicio no empeoró su estado: terminó exactamente igual que empezó. En ese contexto, mantenerse es ya un resultado positivo, y el hecho de que viniera a la sesión a pesar del brote es un ejemplo de compromiso y de confianza en el programa.


El grupo como medicina: la actitud que lo cambia todo

Hay un factor que no aparece en los gráficos pero que los explica tanto como la fisiología: el grupo. Cuando alguien sube la cuesta con sus bastones y al lado tiene a un compañero haciéndolo también, cuando alguien con espondilitis ve que otro mantiene su ritmo a pesar de la misma patología, cuando una persona viene en un día de brote y el grupo la acoge sin juzgarla, está pasando algo que ningún fármaco puede replicar.

El grupo genera modelado («si ella puede, yo también»), apoyo emocional («no estoy solo en esto»), compromiso («voy porque me esperan») y normalización («no soy el único que tiene dolor y sale a caminar»). Todo esto reduce la percepción de amenaza del sistema nervioso y facilita que los mecanismos de modulación del dolor se activen con más eficacia.

Y hay algo más: mientras subían la cuesta, nuestra nutricionista aprovechaba para hacer seguimiento individualizado de las pautas de alimentación. Porque en ARPER, la rehabilitación es interdisciplinar también en movimiento: nutrición, ejercicio y psicología trabajando juntos, al sol, cuesta arriba.


¿Qué nos enseña esta sesión?

El movimiento reduce el dolor, no lo aumenta. En la mayoría de los casos, los participantes terminaron la sesión con menos dolor del que empezaron. El ejercicio aeróbico suave activa los mecanismos naturales de modulación del dolor del cuerpo.

No hay que esperar a estar sin dolor para moverse. La exposición gradual al movimiento en presencia del dolor es terapéutica. El cuerpo aprende que moverse es seguro, y responde protegiéndose.

Cada persona necesita su ritmo y su plan. Los datos vienen de personas con Parkinson, artrosis, espondilitis, artritis reumatoide, osteoartritis, polineuropatía y lupus. Cada una fue a su paso, con bastones quienes los necesitaron, con las subidas que su cuerpo les permitía. Y todas mejoraron o se mantuvieron.

El grupo es parte del tratamiento. La actitud colectiva, el acompañamiento mutuo y la normalización del ejercicio con dolor son factores terapéuticos tan reales como los mecanismos fisiológicos.

Medir importa. Sin estos datos, todo serían impresiones. Con ellos, podemos mostrar a cada participante que su cuerpo respondió al movimiento, y eso refuerza la confianza para la próxima sesión.


«Llegamos con dolor, subimos cuestas, y nos fuimos mejor de lo que vinimos. No porque el dolor no exista, sino porque aprendimos que nuestro cuerpo tiene recursos que se activan cuando confiamos en él, nos movemos a nuestro ritmo y lo hacemos acompañados.»


 
 
 

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